Como el resto de Francia, fue humillada por la derrota de 1870 y, en su caso, se debió a la decisión del rey de Prusia de ser coronado emperador de Alemania en la Galería de los Espejos, el 18 de enero de 1871. Esta circunstancia determinó la elección de Versalles de sellar la paz que debía marcar la revancha de Francia al final de la Gran Guerra.

Dicha elección fue preparada de alguna manera por las sesiones del Consejo Superior de Guerra Interaliado, reunido en Versalles en numerosas ocasiones en 1918. Bajo la dirección del mariscal Foch, los líderes militares de numerosas potencias aliadas habían acordado coordinar sus operaciones en el frente occidental, lo cual era una novedad en la historia militar.  Sus sesiones tenían lugar en el hotel Trianon Palace, en el bulevar de la Reine en Versalles, recién construido por René Sergent. Inaugurado en 1910, ¡tenía todas las ventajas de la modernidad! Fue allí donde se preparó el texto del armisticio del 11 de noviembre de 1918, firmado después en el bosque de Rethondes.

Lógicamente, también se reunieron allí los embajadores aliados para preparar los tratados de paz. El número de potencias involucradas era considerable, por lo que no todos los representantes pudieron hospedarse en el Trianon Palace. Se sabe, por ejemplo, que la delegación británica se instaló en una elegante propiedad conocida como la Villa Romana, en el barrio de Glatigny, al norte de Versalles.  Pero las dificultades logísticas no eran nada en comparación con las dificultades que tuvieron los aliados para ponerse de acuerdo en las condiciones que debían imponer a los vencidos. Tras largos meses de trabajo, en abril de 1919, pudieron convocar a los representantes del Estado alemán para hacerles entrega de las condiciones de paz.

La delegación llegó a Bélgica en tren a la estación de Chantiers el 30 de abril, y se distribuyó por varios hoteles de Versalles acondicionados para recibirlos: el célebre Hôtel des Réservoirs, antigua mansión particular de Madame de Pompadour, que era uno de los más lujosos de la ciudad; el hotel Vatel y el hotel Suisse, lamentablemente desaparecidos, que se encontraban en un perímetro reducido, en los alrededores de la calle des Réservoirs, con el fin de facilitar la comunicación, la protección y la vigilancia. Durante un mes y medio, se pudo ver en el primer hotel a los representantes del Gobierno alemán, y en los otros dos, al personal de menor rango: secretarios y otros empleados, así como periodistas acreditados por el Estado alemán. Bajo vigilancia, unos y otros podían ir a la ciudad, donde no les esperaba la mejor de las acogidas, a juzgar por el tono de la prensa local, sometida a la censura obligatoria en periodo de guerra.

El 7 de mayo de 1919, en una sesión formal en el Trianon Palace, el ministro de Asuntos Exteriores alemán recibió el grueso de las condiciones de paz impuestas por los aliados. Clemenceau presidía la sesión, que tuvo lugar en la sala que ahora lleva su nombre en dicho hotel. A su derecha estaba el presidente Wilson, seguido por los representantes de Italia, Bélgica, Brasil, Grecia, Portugal y Serbia. A su izquierda, Lloyd George, primer ministro británico, precedía a los representantes de Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda, India, Japón, Polonia, Rumanía y la recién creada Checoslovaquia... Un elocuente resumen de la magnitud del conflicto... Con el fin de no exponer sus diferencias ante los vencidos, los aliados habían decidido que no se discutiría nada verbalmente. Después de recibir las condiciones de paz, los delegados alemanes disponían de 15 días para presentar sus observaciones por escrito, a las que también se respondería por escrito. A continuación, Alemania debía aceptar las condiciones; de lo contrario, la guerra se reanudaría el 23 de junio.

Alemania protestó en vano contra ese procedimiento autoritario. Con su parte de la misión cumplida, la delegación alemana regresó a casa el 16 de junio. La noche del 22 al 23 de junio, el Estado alemán, preocupado por las consecuencias internas de una reanudación de la guerra, aceptó las condiciones de paz. Inmediatamente, el ministro francés de Interior telegrafió a todos los prefectos de la metrópolis y de las colonias, pidiéndoles que lanzasen salvas de artillería y que hiciesen sonar todas las campanas de las iglesias de sus departamentos para celebrar la victoria.

Tan solo quedaba organizar las festividades, aunque ya se estaba haciendo desde hacía varias semanas sin decir nada... La fecha elegida fue el 28 de junio, día del aniversario del atentado de Sarajevo que hizo estallar la guerra. Se tomaron prestados magníficos tapices del mobiliario nacional, se colocó un hermoso escritorio de Luis XV en el centro de la Galería de los Espejos, sobre el cual se dispuso un tintero de bronce dorado y un portaplumas de oro y piedras preciosas fabricado por el joyero Vever especialmente para la ocasión.

El 28 de junio, mientras la multitud se apiñaba literalmente en la plaza de armas delante del palacio, con la ciudad engalanada, la Galería de los Espejos se abarrotó hasta no caber ni un alfiler. Clemenceau pronunció un discurso corto, tras el cual los alemanes firmaron el famoso Tratado de Versalles, seguidos por los aliados.

A pesar del júbilo general, la paz firmada ese 28 de junio de 1919 supuso una mala paz, voluntariamente humillante para Alemania. Contenía el germen del terrible conflicto que estallaría 20 años más tarde…

Varios meses después y en las ciudades vecinas (Saint-Germain-en-Laye, Neuilly-sur-Seine y Sèvres), se firmaron los correspondientes tratados de paz con las otras potencias vencidas: Austria, Bulgaria y Turquía. En cuanto a Hungría, la firma tuvo lugar nuevamente en Versalles, en el Gran Trianón, el 4 de junio de 1920.