Todo comenzó con los problemas financieros... Después de los reinados de Luis XIV y Luis XV, marcados por numerosas guerras, las finanzas reales quedaron en un estado preocupante. Y todavía empeoraron más cuando Luis XVI decidió implicarse en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, después del compromiso individual de celebridades como el marqués de La Fayette. Para debilitar a Inglaterra, Francia atacó diversos puntos del planeta, no solo en América del Norte, sino también en la India... El equipamiento de las flotas y los contingentes necesarios para unas operaciones tan ambiciosas arruinaron definitivamente el tesoro real.

No obstante, la intervención francesa obligó a Inglaterra a reconocer en 1783 la independencia de los Estados Unidos de América, motivo de un prestigio inmenso para Francia. Las negociaciones de paz tuvieron lugar en Versalles, concretamente en el antiguo Hotel de Asuntos Exteriores y de la Marina (actual biblioteca municipal).

Este compromiso también había contribuido a la fermentación de ideas muy vivas en la época de la Ilustración: el sistema político de los americanos, que se basaba en el principio democrático, inspiró a algunos innovadores, mientras que las logias masónicas importadas de Inglaterra y los Estados Unidos (especialmente la logia «Las Nueve Hermanas») participaban intensamente en el movimiento de las ideas.

En ese contexto, el rey Luis XVI, que buscaba soluciones a los problemas financieros de la corona, se vio empujado a convocar a los Estados Generales: el rey reunía esta asamblea tradicionalmente cuando los impuestos no bastaban para cubrir las necesidades financieras puntuales. Los diputados de los diferentes «Estados» del reino tenían entonces la posibilidad de presentar al rey sus quejas o reclamaciones, lo que había llevado a Luis XIV y Luis XV a evitar estas reuniones, para no favorecer la organización de un contrapoder. A pesar del peligro de exponerse a sí mismo a esta institución, Luis XVI decidió convocarla. Fue entonces cuando los innovadores montaron una campaña para reclamar un sistema de representación proporcional: hasta ese momento, ciertamente todas las órdenes (clero, nobleza y Tercer Estado) estaban representadas por un número equivalente de diputados. Según el testimonio del abad Sieyès, el Tercer Estado pidió que se duplicase su representación, es decir, el doble de diputados para el estado llano, argumentando que el orden representaba el 97 % de la población... El rey accedió a esta demanda y, con la inauguración de los Estados Generales en Versalles el 4 de mayo de 1789, los diputados del estado llano representaban la mitad del efectivo total.

Enaltecidos por este éxito, los diputados del Tercer Estado proclamaron la Asamblea Nacional el 17 de junio e intentaron reunirse como tal. Se les impidió el acceso a la sala de los Menus-Plaisirs, donde se reunían los Estados Generales, de modo que buscaron otro lugar y se reunieron el 20 de junio en la Sala del Juego de Pelota, sala de deportes que utilizaba la corte y que estaba disponible aquel día. Fue allí donde, en nombre de todos (eran 642), Bailly leyó el célebre juramento de no separarse hasta haber dotado a Francia de una constitución. El alcance del evento, que derribaba por completo los principios sobre los que reposaba la monarquía francesa, fue inmortalizado por el pintor David, que representó a una multitud de diputados, aglomerados en aquella sala tan estrecha y entusiasmados por el juramento, mientras que, por la ventana situada arriba a la izquierda, se ve un rayo alcanzando la capilla del Palacio de Versalles. Una forma de indicar el fin de los derechos divinos de los reyes: desde aquel día, el rey ya no recibiría su poder de Dios, sino de los hombres... Este aspecto del evento debió de significar mucho para David, ya que también situó en primer plano de su cuadro a un sorprendente grupo en referencia al mismo asunto: el abad Grégoire, un monje y un pastor protestante dándose un abrazo. Una manera de exaltar la llegada de una religión sin dogmas, muy alejada de la Iglesia católica sobre la que se apoyaba el poder real.     

Una vez prestado juramento, todos firmaron un registro, conservado a día de hoy en los Archivos Nacionales de París.

Poco después, el 23 de junio, tuvo lugar una sesión real en la sala de los Menus-Plaisirs: el rey, sin hacer alusión al juramento acontecido, expresó sus inquietudes y animó a los diputados a trabajar en la dirección que les había marcado inicialmente. Luis XVI se retiró a continuación y el maestro de ceremonias invitó a los diputados a retirarse a sus salas de sesiones respectivas, como lo preveía el reglamento. Entonces el abad Sieyès respondió: «La Nación no recibe órdenes de nadie», mientras que Mirabeau añadía: «Estamos aquí por voluntad del pueblo y solo nos iremos por la fuerza de las bayonetas». Su audacia suscitó la adhesión de los diputados que todavía estaban indecisos. Unos días más tarde, el rey en persona cedió a la presión y pidió a todos los diputados que se uniesen al Tercer Estado para formar la Asamblea Nacional.

Así comenzaron los trabajos de la Asamblea Constituyente en Versalles, en un clima de gran agitación: durante la noche del 4 de agosto de 1789, se votó la abolición de los privilegios, que cuestionaba un pilar esencial de la sociedad del Antiguo Régimen. El 26 de agosto, se redactó la Declaración de los Derechos del Hombre, que servía de preámbulo a la constitución y que pretendía ratificar, en 17 artículos, los principios universales. En cuanto a la propia Constitución, que preveía un régimen de monarquía constitucional, no fue publicada hasta 1791 y de inmediato fue puesta en entredicho a causa de la huida del rey.

En ese intervalo, la Corte y la Asamblea se habían trasladado de Versalles a París.

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