¿Sabía que, originariamente, Versalles era un modesto señorío que apenas se extendía fuera de los límites del actual barrio de Vieux-Versailles? Se concentraba en torno a un humilde castillo, donde actualmente se encuentra la biblioteca municipal, y vivían principalmente del comercio que transitaba en dirección a París.

Su ubicación en pleno bosque con abundante caza atrajo la atención real hacia este lugar, y dio pie al extraordinario palacio actual, conocido en el mundo entero…

El pabellón de caza de Luis XIII

Efectivamente, el rey Luis XIII se enamoró de este territorio de caza, compró el señorío y, dejando a un lado el viejo y poco agraciado castillo, hizo construir un pabellón sobre una colina cercana. Algunos años más tarde, en 1631, se amplió el edificio con dos alas laterales, ¡pero siguió siendo tan modesto que el famoso duque de Saint-Simon lo describió como un «castillo de naipes»! A pesar de todo, al rey le gustaba este lugar y soñaba con retirarse allí el día en que su hijo tuviese edad para sucederle. Pero murió a la edad de 42 años y el «castillo de naipes» cayó en el olvido…

Versalles, bajo el reinado de Luis XIV

Luis XIV se instaló en Versalles al comienzo de su reinado personal, después de la Fronda y la muerte de Mazarino, aunque hasta entonces solo había sido su residencia de veraneo. En seguida se planificaron las modificaciones bajo la dirección del arquitecto Louis Le Vau: la creación de dos aposentos simétricos para el rey y la reina (Luis XIV se había desposado con María Teresa de Austria en 1660), la construcción de edificios comunes en las inmediaciones de la vivienda, el embellecimiento de los jardines, que servirían de escenario en 1664 de las suntuosas fiestas organizadas en honor a Luisa de La Vallière, conocidas como «Los placeres de la isla encantada»…

En 1668, se emprendió una segunda tanda de trabajos, claramente más ambiciosa: la fachada del antiguo castillo de Luis XIII que da a los jardines se revistió de piedra. Dejando a un lado la estética de principios del siglo XVII (fachadas de ladrillo y piedra y tejados de pizarra), tal como se había aplicado en París, la Place des Vosges y la Place Dauphine, Le Vau adoptó el modelo italiano con fachadas de sillar, columnas y techos planos. Sin embargo, la fachada que da a la ciudad mantuvo su aspecto original, como muestra de respeto hacia Luis XIII, con quien Luis XIV, siendo niño, nunca tuvo relación. A pesar de ello, fue realzada y engrandecida con columnas de mármol, balcones de hierro forjado y esculturas, y la decoración de los techados era de oro. Esta combinación de la fachada con estilo francés que da al patio y la fachada con estilo italiano que da a los jardines fue considerada por sus contemporáneos como una falta de gusto…

Versalles, residencia de Luis XIV y su corte

Por otro lado, estas obras no eran nada en comparación con las que se llevaron a cabo en 1678, un año que marca un verdadero cambio en el reino: Luis XIV, ganador de la Guerra de Holanda (que concluyó con la Paz de Nimega), pudo considerarse a partir de entonces el rey más poderoso de Europa. Esta situación duró una década, que son los años de auténtico apogeo de Versalles. El rey decide entonces instalarse en el antiguo pabellón de caza y se encomienda al arquitecto Jules Hardouin-Mansart. Los trabajos estuvieron marcados por dos líneas principales: Versalles debía reflejar la grandeza del rey y además había que alojar a la corte…

Para enaltecer la gloria del rey, Mansart realizó su gran obra maestra, la Galería de los Espejos, que conecta los aposentos del rey y de la reina. La abundancia de los espejos, forjados por la fábrica real de Saint-Gobain de reciente creación, era un verdadero manifiesto de las ambiciones de Francia, en una época en la que el monopolio de la producción estaba en manos de Venecia… Tanto las Grandes como las Pequeñas caballerizas del rey, dispuestas teatralmente entre las tres grandes avenidas de la ciudad; el Gran Común, construido al lado del castillo para albergar el servicio de «la Bouche»; la monumental Orangerie... todo fue construido de cara al establecimiento del rey en Versalles, que tuvo lugar el 6 de mayo de 1682.

Para dar cabida a la corte, se construyeron las alas sur y norte: la primera, con aposentos más cuidados, fue destinada a los "príncipes", mientras que la otra estaba dividida en una multitud de aposentos para los cortesanos, dispuestos a aceptar las condiciones de vida más difíciles con tal de tener el privilegio de vivir cerca del rey.

Se podría pensar que, a partir de aquel momento, los trabajos habían llegado a su fin, pero se solía decir que los cortesanos, al igual que la familia real, vivían continuamente entre escombros y yeso: en 1699 se emprendió la construcción de la Capilla real, un proyecto de evolución lenta que concluyó en 1710 y se convirtió en una obra maestra extraordinaria conocida por todos. Mansart no la vio terminada, ya que murió en 1708, y ni Charles Le Brun ni Pierre Mignard vieron siquiera el comienzo por la misma razón: una nueva generación de artistas estaba ahora al mando, lo que provocó una inflexión en el gusto, después de décadas de triunfo del clasicismo…

Las modificaciones de Luis XV y Luis XVI

Tras la desaparición del Rey Sol, Luis XV y Luis XVI no tenían gran cosa que añadir: se contentaban con adaptar los aposentos reales a los gustos de la época, aunque respetando religiosamente las grandes decoraciones de sus antepasados. Bajo el mandato de Luis XV, se realizaron varios proyectos de transformación radical en el Palacio, como demuestra el ala Gabriel, que alberga la gran escalera que lleva hoy en día hasta los Grandes Aposentos. Pero, sobre todo, fue bajo este mismo reinado cuando se construyó la Ópera, suntuosa sala de espectáculos que se había concebido hacía mucho tiempo, pero que no se llevó a cabo hasta 1770 para servir de escenario para los festejos de la boda del heredero con la archiduquesa María Antonieta. Gabriel es el arquitecto de esta deslumbrante obra maestra, que pone el broche de oro a los trabajos en el Palacio de Versalles bajo el Antiguo Régimen.